
La intolerancia a la lactosa es una condición en la que el organismo no puede digerir la lactosa, un azúcar altamente presente en los productos lácteos. Esto ocurre debido a una producción reducida por parte del cuerpo de lactasa, la enzima necesaria para descomponer este azúcar y, precisamente, digerirlo sin molestias. Tanto es así que, en muchos productos definidos como "sin lactosa" esta enzima se añade específicamente. Cuando nacemos, salvo en los raros casos de Deficiencia Congénita de Lactasa (CLD), todos tenemos esta enzima para digerir la leche materna, y es igualmente fisiológico que la misma disminuya ya a partir del destete, reduciéndose progresivamente de manera más o menos marcada a lo largo de la edad adulta. También por esto hablamos de una condición bastante común en el mundo, con diferencias significativas entre áreas geográficas. A diferencia de otras intolerancias, esta está oficialmente reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y tiene un diagnóstico más preciso.
A nivel global se estima que alrededor del 65-70% de la población mundial padece esta intolerancia, con variaciones significativas entre las diferentes zonas. En Asia, en particular en China y Japón, la prevalencia puede alcanzar el 80-100%, mientras que en África existen poblaciones en las que prácticamente todos los individuos son intolerantes. En Europa la situación es más heterogénea: en los países nórdicos, como Suecia y Finlandia, el porcentaje de personas que logran digerir la lactosa en la edad adulta es muy alto, llegando respectivamente al 74% y al 82%, mientras que en Grecia solo el 20% de la población mantiene esta capacidad. En Italia esta condición afecta entre el 30% y el 50% de la población, con diferencias regionales bastante marcadas: en el Norte la prevalencia es alrededor del 52%, en el Centro baja al 19% mientras que en el Sur se sitúa alrededor del 41%. Todas estas diferencias se deben principalmente a factores genéticos y culturales, ya que la capacidad de digerir la lactosa en la edad adulta depende, como decíamos, de la persistencia de la enzima lactasa, que en algunas poblaciones ha sido favorecida por la evolución a raíz del consumo regular de leche y derivados a lo largo de los siglos.
No todas las personas con una actividad reducida de la lactasa manifiestan síntomas clínicos y la gravedad de los trastornos varía según la cantidad de lactosa ingerida y la capacidad individual de adaptación, que puede modificarse con el tiempo. Entre las reacciones más comunes están hinchazón abdominal, calambres, diarrea y náuseas, que se manifiestan generalmente dentro de pocas horas tras la ingesta de lácteos. Además de los síntomas gastrointestinales, pueden manifestarse también dolor de cabeza, fatiga y, en algunos casos, erupciones cutáneas. Menos comunes, pero igualmente posibles: irritabilidad o depresión, debido al malestar general. Estas señales, si se descuidan, pueden complicar aún más la vida cotidiana, transformando un malestar transitorio en malestar crónico.
Para diagnosticar la intolerancia a la lactosa, es fundamental consultar a un médico experto. El profesional utiliza en particular dos pruebas específicas complementarias para determinar la sensibilidad a este azúcar. La primera es la prueba del aliento (breath test), considerada el estándar número uno de referencia. Esta prueba evalúa la presencia de hidrógeno en el aire exhalado antes y después de la administración de 25 gramos de lactosa disuelta en agua. La segunda prueba, utilizada principalmente en Italia, es la genética a través de un hisopo bucal, para la toma de una muestra de ADN de la mucosa oral. Como explica la Asociación Italiana de Intolerantes a la Lactosa (AILI), hablamos de pruebas complementarias y no alternativas una a la otra. También la autodiagnosis, sin embargo, juega un papel fundamental en el reconocimiento de la intolerancia a la lactosa.
Existen adaptaciones dietéticas y tratamientos específicos que pueden mejorar notablemente la calidad de vida de quien es intolerante a la lactosa. El primer paso es obviamente modificar la alimentación, eliminando o reduciendo los lácteos y optando por alternativas sin lactosa, como leche vegetal y quesos curados. Existen también opciones terapéuticas, como la ingesta de suplementos que contienen la enzima lactasa, que ayudan a descomponer la lactosa y a prevenir síntomas molestos. Una solución afortunada para quien desea no privarse del todo de un plato o un alimento amado que contenga lactosa. Cabe destacar, finalmente, que los síntomas asociados a esta condición, como la inflamación de la mucosa gastrointestinal, pueden tardar varios meses en desaparecer por completo, una vez que se han adoptado las precauciones adecuadas.
La lactosa se encuentra naturalmente en la leche y sus derivados, pero puede estar presente también en alimentos insospechados, porque a menudo se usa como aditivo para mejorar su consistencia, sabor o conservación. Algunos ejemplos incluyen:
1. Productos de panadería y cereales
2. Embutidos y fiambres
3. Salsas y condimentos
4. Platos preparados y congelados
6. Bebidas alcohólicas y refrescos
Quien es intolerante debe por tanto revisar atentamente las etiquetas, incluida la sección "trazas de", para evitar ingestas involuntarias. Como siempre, una excelente alternativa es cocinarse buenos platos caseros, manteniendo así el control sobre los ingredientes. ¡En Tuduu encuentras muchísimas recetas que pueden inspirarte! 😉
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